Buen día, buen viernes.
Han visto que siempre cuando uno dice “hoy sí que me acuesto temprano”, el universo lo toma como un desafío personal. Y más si es viernes. Ese día maldito y bendito donde la cordura se toma vacaciones y la dignidad empieza a vibrar bajito en modo avión.
Porque el viernes, mis queridos ingenuos de la agenda organizada, es como ese amigo irresponsable que llega en moto a buscarte: uno sabe que no debería subirse, pero igual se pone el casco y dice "ya, pero solo una vuelta".
Spoiler: vuelves el domingo. Sin casco. Y con glitter en la ceja.
El viernes tiene hambre de caos.
Uno empieza con una piscola tímida, conversando de la pega, bien civilizados, como si la noche tuviera límites. Y de repente estás en una fonda improvisada cantando rancheras con un grupo de contadores que no sabías que eran tan buenos para el karaoke.
Y ahí es cuando pasa lo más grave:
Aparece el filósofo interno.
Ese que con tres copetes se cree Sócrates y dice cosas como “la vida está pa’ vivirla, no pa’ entenderla” o “yo no trabajo, yo sobrevivo”.
Y entre risas, shots malintencionados y abrazos de desconocidos, uno recuerda que el viernes es un pequeño carnaval en medio de la rutina. Que no todo se trata de rendimiento, KPIs o correos marcados como "urgente".
A veces se trata de decir que sí. De bailar sin saber. De contar secretos a alguien que no vas a volver a ver.
Y eso, créanme, también es crecimiento personal.
Así que si hoy es viernes, no se resistan tanto.
Pero eso sí: guarden plata pal Uber, no confíen en el “yo manejo” y por el amor de todo lo sagrado, no mezclen vino con ron.
Que uno ya no tiene 20, pero el hígado aún no lo sabe.
✨ Nos vemos el lunes, con ojeras, arrepentimiento y anécdotas gloriosas.
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