Han visto que siempre cuando alguien dice "no voy a arreglar esa gotera ahora porque todavía son solo unas gotitas", unos años después termina cambiando medio techo. La gotera nunca desapareció. Solo estuvo acumulando intereses. Con la deuda tecnológica ocurre exactamente lo mismo. Nace de decisiones que, en su momento, parecen razonables. "Lo hacemos rápido y después lo arreglamos." "Por ahora dejémoslo así." "Más adelante modernizamos." "Lo importante es salir a producción." Y así pasan los meses. Luego los años. Y lo temporal se transforma en permanente. Empiezan a aparecer sistemas que nadie entiende completamente. Procesos que dependen de una sola persona. Integraciones construidas con cinta adhesiva digital. Servidores que llevan tanto tiempo funcionando que parecen patrimonio histórico de la organización. Lo peor es que al principio la deuda tecnológica se ve barata. Porque permite avanzar rápido. Permite cumplir plazos. Permite ...
Han visto que siempre cuando alguien escucha un ruido extraño en el auto, decide subir el volumen de la radio. Durante un tiempo parece funcionar. El ruido sigue ahí, pero ya no se escucha. Hasta que un día el auto decide expresar sus sentimientos de manera mucho más costosa. En tecnología y en las organizaciones ocurre exactamente lo mismo. Muchas áreas viven atrapadas en modo reactivo. Corriendo detrás de incidentes. Apagando incendios. Resolviendo urgencias. Atendiendo requerimientos de último minuto. Celebrando que lograron sobrevivir una semana más. Y ojo, no siempre es culpa de las personas. Muchas veces es consecuencia de años de acumulación de deuda tecnológica, falta de planificación, escasez de recursos o una cultura donde solo recibe atención aquello que está ardiendo. Porque seamos sinceros. Nadie felicita al equipo porque un sistema no se cayó. Nadie hace una ceremonia porque una vulnerabilidad fue corregida antes de generar un incidente. Nadie publica un comunicado celebr...