Han visto que siempre cuando uno va al supermercado por una sola cosa, termina saliendo con tres bolsas, dos antojos y preguntándose en qué momento el carrito tomó decisiones por uno. La vida tiene ese raro sentido del humor: uno entra buscando una cosa y termina encontrando otra. Algo parecido nos dejó este Mundial. Con la ampliación a 48 selecciones, aparecieron equipos que hace algunos años jamás habrían tenido un cupo. Muchos ni siquiera sabíamos que existían futbolísticamente. Y, sin embargo, cuando les dieron la cancha, demostraron que sabían jugar. Algunos emocionaron, otros sorprendieron y varios hicieron tambalear a los gigantes. No eran malos. Solo nunca les habían dado la oportunidad de mostrarse. Y ahí es donde el fútbol deja de ser solo fútbol. Porque la vida está llena de personas jugando clasificatorias eternas, pero sin que nadie les abra la puerta del estadio. Pienso en esos chiquillos que uno ve vendiendo en la calle, atendiendo un negocio, trabajando desde muy jóvene...
Han visto que siempre cuando uno compra una herramienta vieja en una feria, oxidada, golpeada por décadas de uso, todavía funciona mejor que muchas cosas nuevas recién salidas de fábrica. Eso me hace pensar en una expresión que escucho cada vez más: "informática artesanal" para referirse a sistemas mal diseñados, soluciones improvisadas o software hecho sin estándares. Y qué injusticia más grande es esa. La artesanía nunca fue sinónimo de chapuza. Todo lo contrario. Un artesano era la persona que conocía su oficio tan profundamente que podía crear algo con sus propias manos y hacer que sobreviviera generaciones. Detrás de una silla, una espada, una vasija o un reloj artesanal había años de aprendizaje, errores, perfeccionamiento y conocimiento transmitido de maestro a aprendiz. La artesanía es experiencia acumulada. Es conocimiento refinado por el tiempo. Es obsesión por los detalles. Cuando alguien construye un sistema informático desordenado, lleno de parches, dependencias...