Han visto que siempre cuando uno entra a una ferretería a comprar un tornillo, aparece alguien golpeando una llave inglesa contra la mesa como si estuviera dirigiendo una orquesta. Hace ruido, se hace notar, y uno piensa que debe ser el maestro del lugar. Después aparece el viejo medio cascarrabias del rincón, el que apenas habla, te mira de reojo y con tres palabras te dice exactamente cuál es el tornillo que necesitas. Cosas de la vida. Y es que una cosa es mostrarse y otra muy distinta es andar desesperado por ser visto a cualquier precio. Porque la presencia no se compra con gritos ni con exhibiciones permanentes. La presencia se construye con coherencia, con trabajo y con algo que los años me enseñaron a porrazos: quien vale, no necesita andar tocando la campana cada cinco minutos para recordar que existe. Hay gente que confunde visibilidad con valor. Como si el aplauso fuera alimento. Y claro, los aplausos son ricos, pero duran menos que la batería del celular cuando uno más la n...
Han visto que siempre cuando alguien visita una represa, pregunta por qué no abren todas las compuertas de una sola vez para que el agua salga más rápido. Desde afuera parece una decisión sencilla. Hasta que uno entiende que detrás hay cálculos, normas, riesgos y consecuencias que no se ven a simple vista. Con los sistemas del Estado ocurre algo parecido. Muchas personas creen que modificar una funcionalidad es tan simple como pedirlo. "Agreguen este botón." "Cambien esta regla." "Saquen este requisito." "Automaticen este proceso." Y a veces incluso se molestan cuando la respuesta no es inmediata. Pero en el sector público las cosas suelen ser más complejas. Porque un sistema no siempre refleja una decisión tecnológica. Muchas veces refleja una ley. Un reglamento. Una normativa. Un dictamen. Un procedimiento administrativo. Un requisito de control. Una obligación legal. Y eso cambia completamente la conversación. Como viejo gruñón tecnológico, ap...