Han visto que siempre cuando uno va a la fila del banco hay alguien que suspira fuerte, mira el reloj como si pudiera apurarlo con odio, y jura que lo haría todo más rápido si estuviera al otro lado del mesón… pero ahí está, sin saber ni llenar un formulario. Así es la vida, cabros. Hay un tipo de persona —abundan más de lo que uno quisiera msobre todo por estos lados— que habla de ciertos trabajos como si fueran poca cosa. Los analizan desde el escritorio, desde el paper, desde el cafecito tibio con espuma de superioridad. Les ponen nombre en inglés, los desarman en teorías, los reducen a procesos… y listo, creen que ya los entienden. Pero no. El trabajo que nunca se ha ejercido es como el mar visto en un mapa: parece plano, ordenado, casi aburrido. Hasta que te metes y te revuelca una ola que no estaba en el syllabus. He visto gente mirar en menos oficios enteros porque “no requieren tanto estudio”. Y claro, desde lo académico todo parece clasificable: variables, métricas, model...
Han visto que siempre cuando uno está esperando que hierva el agua, se queda mirándola como si con pura mirada fuera a apurarse… y la cuestión parece demorarse el doble. Curioso, ¿no? Uno creyendo que el control viene de la espera. Mira, te lo digo sin rodeos, porque la vida ya me quitó las ganas de endulzar todo: contar hasta 10 no siempre sirve. A veces es puro maquillaje para no enfrentar lo que realmente te está pasando por dentro. Nos enseñaron que la paciencia es quedarse quieto, aguantar, tragarse la rabia como si fuera una virtud. Pero hay momentos —y son más de los que te gustaría admitir— en que lo correcto no es calmarse… es moverse. Porque no toda ira es mala. Hay una que te despierta. Que te dice: “oye, esto no está bien”. Y si la tapas contando números como cabro chico en penitencia, te pierdes el mensaje. La paciencia no es callarse. La paciencia verdadera es elegir cuándo actuar… y cuándo no perder más tiempo. Y ahí está el truco, que nadie te dice: a veces, el e...