Han visto que siempre cuando uno va a calentar el pan, mete “solo un ratito” al microondas… y salen dos opciones nomás: o queda helado como abrazo de oficina, o sale convertido en una piedra que podría usarse para cerrar una tumba. Nunca el punto justo. Qué cosa más humana esa de pasarse o quedarse corto. Con las pegas pasa igual. Te piden algo simple. Una idea clara. Una solución que camine. Pero uno, que a veces confunde valor con fuegos artificiales, se embala. Le pone tres capas, cinco adornos, siete explicaciones, un par de “por si acaso”, y termina entregando una catedral donde solo hacía falta una puerta que abriera bien. Y no, no siempre es por ego, aunque a veces también, para qué andamos con cuentos. Muchas veces es porque queremos hacerlo tan bien, tan completo, tan impecable, que se nos olvida algo básico: lo útil no siempre necesita ser gigante . Hay una sabiduría callada en lo simple. Una elegancia que no mete ruido. Una humildad en entregar justo lo necesario y no ...
Han visto que siempre cuando uno está esperando la micro y justo cuando decide sentarse… aparece llena y pasa de largo. Como si el universo tuviera un pequeño sentido del humor negro con nosotros. Bueno… la vida a veces funciona igual. Escuché una conversación una vez: — Amo, mire… él tiene un caballo. — ¿Tú quieres un caballo? — ¿Para qué quiero un caballo? — Entonces… ¿qué quieres? — Que él no tenga un caballo. Y ahí está el detalle, cabros. Muchos creen que quieren más… pero en el fondo lo que quieren es que el otro tenga menos. No es hambre de progreso, es sed de comparación. Mire, se lo digo con los años encima y con el carácter medio gruñón que me dejó la vida: si uno gasta la energía mirando el caballo del vecino, termina caminando a pie toda la vida. El mundo avanza gracias a los que construyen su propio establo, no a los que se quedan contando los caballos ajenos. Y sí, lo sé… a veces da rabia ver que a otros les va bien. Somos humanos, no santos. Pero hay una dif...