Han visto que siempre cuando una ampolleta se quema en la casa, nadie piensa que la solución es poner a una persona a soplar electricidad durante 48 horas seguidas hasta que vuelva la luz. Suena absurdo. Sin embargo, en muchas organizaciones ocurre exactamente eso, pero con computadores. Cuando aparece una tarea repetitiva, un proceso manual interminable o una operación crítica que consume días completos, la respuesta suele ser la misma: "Que lo haga informática." Y ahí aparece el héroe involuntario. El profesional que pasa noches enteras ejecutando scripts, moviendo archivos, actualizando registros, conciliando datos o realizando procesos que debieron automatizarse hace años. Lo más curioso es que después algunos celebran el esfuerzo. "El equipo se sacó la mugre." "Trabajaron todo el fin de semana." "Estuvieron 48 horas resolviendo el problema." No. Eso no es una victoria. Es una alarma. Porque en pleno siglo XXI, con automatización, orquestació...
Han visto que siempre cuando uno entra a una ferretería a comprar un tornillo, aparece alguien golpeando una llave inglesa contra la mesa como si estuviera dirigiendo una orquesta. Hace ruido, se hace notar, y uno piensa que debe ser el maestro del lugar. Después aparece el viejo medio cascarrabias del rincón, el que apenas habla, te mira de reojo y con tres palabras te dice exactamente cuál es el tornillo que necesitas. Cosas de la vida. Y es que una cosa es mostrarse y otra muy distinta es andar desesperado por ser visto a cualquier precio. Porque la presencia no se compra con gritos ni con exhibiciones permanentes. La presencia se construye con coherencia, con trabajo y con algo que los años me enseñaron a porrazos: quien vale, no necesita andar tocando la campana cada cinco minutos para recordar que existe. Hay gente que confunde visibilidad con valor. Como si el aplauso fuera alimento. Y claro, los aplausos son ricos, pero duran menos que la batería del celular cuando uno más la n...