Han visto que siempre cuando alguien compra una planta en la oficina… al principio todos la riegan. Le hablan bonito, la cuidan, le sacan hojas secas. Dos semanas después la pobre cuestión parece testigo de guerra balcánica. Y aparece el de siempre: “ya, déjenme a mí nomás”. Error clásico. Porque una cosa es cuidar la planta… y otra muy distinta es transformarse en jardinero esclavo de gente inútil. Con la gobernanza pasa exactamente lo mismo. Hay personas que creen que gobernanza significa controlar todo, aprobar todo, revisar todo, perseguir todo y prácticamente transformarse en niñera profesional de adultos con sueldo. Y ahí comienza el desastre elegante. Porque la gobernanza sana crea claridad. La tóxica crea dependencia. Una organiza responsabilidades. La otra acumula estrés como basurero emocional corporativo. El problema es que muchos confunden liderazgo con cargar el piano entero solos. Creen que “hacerse cargo” significa convertirse en cuello de botella humano. Entonces empiez...
Han visto que siempre cuando en una casa se quema una ampolleta… pasan semanas enteras y nadie la cambia. Todos viven como murciélagos tropezando con muebles, pero cada uno piensa: “alguien lo hará”. Y al final aparece el más cansado, el más chatreado, el que ya no soporta andar golpeándose el dedo chico con la mesa… y cambia la cuestión él mismo. Las empresas, los equipos y hasta la vida funcionan igual. Cada vez que aparece una idea nueva, una mejora o una oportunidad, nace inmediatamente el primo tóxico de la innovación: “ya… pero… ¿y quién se va a hacer cargo?” Pregunta legítima, sí. Pero muchas veces usada como escudo para no mover ni una molécula. Porque hay gente que no busca responsables… busca excusas elegantes para seguir inmóviles. La innovación muere ahí mismo. No por falta de ideas. No por falta de plata. No por falta de talento. Muere porque todos esperan al héroe perfecto. Al elegido. Al iluminado. Al pobre desgraciado que quiera sacrificar salud mental, sueño y pacienci...