Han visto que siempre cuando uno calienta agua pa’l té, justo cuando empieza a hervir alguien aparece diciendo “no, si todavía le falta”… aunque la tetera esté gritando como alma en pena. Así es la ignorancia, poh… siempre llega justo cuando no la invitaron. Muchas veces la ignorancia es atrevida. No duda, no titubea, no pide permiso. Se instala con una seguridad envidiable, habla fuerte, corrige, opina… y lo hace sin haber pasado jamás por el barro de la experiencia. El que no sabe, pero cree que sabe, es peligroso. No porque tenga malas intenciones —a veces ni eso— sino porque no alcanza a ver el tamaño de lo que desconoce. Y desde ahí, dispara juicios como si fueran verdades. En cambio, el que sabe de verdad… ese suele andar más callado. No porque sea tímido, sino porque ya se equivocó lo suficiente como para respetar la complejidad de las cosas. Entiende que cada oficio, cada decisión, cada proceso tiene capas que no se ven desde la vereda. Mire, le voy a decir algo medio pesa...
Han visto que siempre cuando uno va a la fila del banco hay alguien que suspira fuerte, mira el reloj como si pudiera apurarlo con odio, y jura que lo haría todo más rápido si estuviera al otro lado del mesón… pero ahí está, sin saber ni llenar un formulario. Así es la vida, cabros. Hay un tipo de persona —abundan más de lo que uno quisiera msobre todo por estos lados— que habla de ciertos trabajos como si fueran poca cosa. Los analizan desde el escritorio, desde el paper, desde el cafecito tibio con espuma de superioridad. Les ponen nombre en inglés, los desarman en teorías, los reducen a procesos… y listo, creen que ya los entienden. Pero no. El trabajo que nunca se ha ejercido es como el mar visto en un mapa: parece plano, ordenado, casi aburrido. Hasta que te metes y te revuelca una ola que no estaba en el syllabus. He visto gente mirar en menos oficios enteros porque “no requieren tanto estudio”. Y claro, desde lo académico todo parece clasificable: variables, métricas, model...