Han visto que siempre cuando uno intenta enchufar un USB… nunca entra a la primera. Uno lo gira, lo vuelve a girar, lo mira con rabia, lo vuelve a intentar… y misteriosamente recién al tercer intento funciona. Como si el universo estuviera probando nuestra paciencia.
Bueno… la experiencia funciona exactamente igual.
Después de muchos años trabajando —y equivocándome más veces de las que me gustaría contar en público— entendí algo que a los novatos les cuesta aceptar: la experiencia no está hecha de éxitos… está hecha de errores bien sobrevividos.
Sí, lo sé.
Suena feo.
Porque a nadie le gusta equivocarse.
El error incomoda, deja al ego medio magullado y a veces hasta da un poco de vergüenza.
Pero aquí está la trampa del oficio:
si nunca te equivocas, probablemente nunca estás aprendiendo nada nuevo.
Los errores son como esas piedras en el camino que uno patea con rabia…
hasta que un día se da cuenta de que con ellas estaba construyendo el sendero.
Cada error deja algo:
-
una alerta en la cabeza
-
una intuición que antes no existía
-
una forma distinta de mirar el problema
Y de repente, años después, alguien te pregunta algo complicado…
y tú respondes casi sin pensar.
No es magia.
Son años de tropezones acumulados.
Los viejos del oficio no sabemos más porque seamos más inteligentes.
Sabemos más porque ya nos equivocamos primero.
Así que si hoy cometiste un error en tu trabajo, respira un poco.
No es el final del camino.
Es material de construcción para tu experiencia.
Porque la verdad —aunque suene medio amarga— es esta:
La experiencia no es otra cosa que
una colección de errores que decidiste no desperdiciar.
Y créanme…
cuando uno aprende a mirar así las caídas, hasta los tropiezos empiezan a parecer parte del progreso. 🔧
Comentarios
Publicar un comentario