Han visto que siempre cuando uno va apurado, justo ese semáforo decide ponerse en rojo… como si tuviera algo personal contigo. Uno mira, resopla, culpa al universo… pero en el fondo sabe que salió tarde por leso. Así es esto de la humildad, cabros. Ser humilde no es andar cabizbajo ni hablar despacito como si pidieras permiso para existir. No. Esa es pura caricatura. La verdadera humildad es más incómoda… es mirarte al espejo y decir: “sí, la embarré… y más encima con ganas”. Y duele, obvio que duele. Porque el ego es como esos perros chicos que ladran fuerte pero se asustan con su propia sombra. Te dice que no te equivoques, que siempre tengas la razón, que defiendas lo indefendible… aunque te estés hundiendo solo. Pero aquí viene la parte que pocos quieren escuchar: aceptar que te equivocas no te hace débil… te hace peligroso, en el buen sentido. Porque el que reconoce sus errores aprende, y el que aprende avanza. El resto… bueno, el resto se queda pegado discutiendo con la reali...