Han visto que siempre cuando uno calienta agua pa’l té, justo cuando empieza a hervir alguien aparece diciendo “no, si todavía le falta”… aunque la tetera esté gritando como alma en pena.
Así es la ignorancia, poh… siempre llega justo cuando no la invitaron.
Muchas veces la ignorancia es atrevida. No duda, no titubea, no pide permiso. Se instala con una seguridad envidiable, habla fuerte, corrige, opina… y lo hace sin haber pasado jamás por el barro de la experiencia.
El que no sabe, pero cree que sabe, es peligroso. No porque tenga malas intenciones —a veces ni eso— sino porque no alcanza a ver el tamaño de lo que desconoce. Y desde ahí, dispara juicios como si fueran verdades.
En cambio, el que sabe de verdad… ese suele andar más callado. No porque sea tímido, sino porque ya se equivocó lo suficiente como para respetar la complejidad de las cosas. Entiende que cada oficio, cada decisión, cada proceso tiene capas que no se ven desde la vereda.
Mire, le voy a decir algo medio pesado, pero cierto: la ignorancia no es el problema… el problema es cuando se disfraza de certeza.
Porque ahí deja de aprender.
Y uno puede perdonar no saber —todos partimos igual—, pero cuesta más aguantar al que no sabe y aún así se pasea como experto de feria.
Así que antes de hablar con tanta seguridad, haga una pausa. No pa’ quedarse callado siempre, pero sí pa’ preguntarse:
“¿Estoy opinando… o estoy repitiendo?”
Porque el que aprende, duda.
Y el que nunca duda… bueno, ese suele enseñar poco.
Y harto ruido hace.
Comentarios
Publicar un comentario