Han visto que siempre cuando en una casa hay un solo control remoto bueno… aparece el guardián supremo del aparato. El individuo que lo esconde entre cojines como si protegiera códigos nucleares. Y cuando alguien pregunta: “¿dónde está el control?” responde con una sonrisa sospechosa: “yo lo tengo… ¿qué quieren ver?” Pequeñas dictaduras domésticas. En las organizaciones pasa exactamente igual. Existen herramientas increíbles: información, sistemas, accesos, automatizaciones, conocimiento, contactos, experiencia. Cosas capaces de acelerar equipos completos. Pero de pronto aparece alguien que tiene “la llave”… y transforma el acceso en mecanismo de poder personal. No comparte. No enseña. No documenta. No habilita. Porque en el fondo tiene miedo. Miedo a dejar de ser indispensable. Y ahí comienza una de las corrupciones más silenciosas del trabajo moderno: secuestrar el conocimiento para alimentar el ego. Lo disfrazan de: “es que es delicado” “es que nadie más sabe usarlo” “es que después...