Han visto que siempre cuando alguien aprende a cocinar una receta nueva… automáticamente empieza a mirar con desprecio cómo los demás hacen tallarines.
El ser humano tiene esa extraña habilidad de aprender dos cosas y transformarse en emperador universal del conocimiento.
Y mientras más técnica es el área… peor se pone la cosa.
Aparecen los gurús del teclado, los jedis del Excel, los oráculos del código, los sacerdotes del framework de moda… mirando al resto como si fueran campesinos medievales intentando prender fuego con piedras.
Pero escucha esta cuestión con atención:
ser experto en algo no te vuelve mejor persona.
Solo significa que llevas más tiempo pegándote cabezazos contra el mismo problema.
Nada más.
La experiencia debería darte paciencia.
Humildad.
Capacidad de enseñar.
No permiso para humillar.
Porque el verdadero experto recuerda perfectamente lo que era no entender nada.
Recuerda el miedo a preguntar.
La vergüenza de equivocarse.
Ese momento incómodo donde uno siente que todos nacieron sabiendo menos uno.
El problema es que algunos convierten el conocimiento en una herramienta de poder emocional.
Corrigen para lucirse.
Explican para sentirse superiores.
Usan palabras complejas como quien agita llaves delante de otros para marcar territorio.
Y ahí matan algo valioso:
las ganas de aprender.
Porque nadie florece en ambientes donde cada pregunta recibe sarcasmo, soberbia o caras de desprecio.
Después esos mismos “expertos” lloran porque no hay gente preparada.
Claro po.
Si trataron a cada novato como obstáculo evolutivo en vez de futura ayuda.
La ironía hermosa de la vida es esta:
muchas veces el experto brillante termina aislado…
mientras el que enseña con humildad termina formando equipos enteros que lo superan.
Y eso debería dar orgullo, no miedo.
Porque el conocimiento guardado para alimentar ego se pudre rápido.
En cambio el conocimiento compartido construye futuro.
Y sí… hay que corregir errores.
Hay que exigir calidad.
No se trata de aplaudir mediocridad.
Pero una cosa es corregir desde la experiencia…
y otra muy distinta es disfrutar haciendo sentir pequeño al resto para inflar tu propio personaje.
Al final, los años enseñan algo bien cruel:
la gente no recuerda solamente cuánto sabías.
Recuerda muchísimo más cómo los hiciste sentir cuando no sabían. 🔥
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