Han visto que siempre cuando en una casa se quema una ampolleta… pasan semanas enteras y nadie la cambia.
Todos viven como murciélagos tropezando con muebles, pero cada uno piensa:
“alguien lo hará”.
Y al final aparece el más cansado, el más chatreado, el que ya no soporta andar golpeándose el dedo chico con la mesa… y cambia la cuestión él mismo.
Las empresas, los equipos y hasta la vida funcionan igual.
Cada vez que aparece una idea nueva, una mejora o una oportunidad, nace inmediatamente el primo tóxico de la innovación:
“ya… pero… ¿y quién se va a hacer cargo?”
Pregunta legítima, sí.
Pero muchas veces usada como escudo para no mover ni una molécula.
Porque hay gente que no busca responsables… busca excusas elegantes para seguir inmóviles.
La innovación muere ahí mismo.
No por falta de ideas.
No por falta de plata.
No por falta de talento.
Muere porque todos esperan al héroe perfecto.
Al elegido.
Al iluminado.
Al pobre desgraciado que quiera sacrificar salud mental, sueño y paciencia mientras los demás miran desde la orilla opinando como comentaristas de fútbol.
Y aquí viene la parte incómoda:
las mejores transformaciones casi nunca comenzaron con expertos absolutos.
Comenzaron con alguien suficientemente loco como para decir:
“No tengo todo claro… pero parto igual”.
Porque si uno espera tener el equipo perfecto, el presupuesto perfecto y el momento perfecto… termina viejo, amargado y usando Excel del año 2007 jurando que todavía es moderno.
El miedo al “hacerse cargo” en realidad es miedo a equivocarse visible.
A quedar expuesto.
A que algo salga mal y aparezca el típico personaje que jamás construyó nada diciendo:
“viste… te dije”.
Pero escucha bien esta tontera sabia que aprendí a porrazos:
El mundo avanza gracias a la gente que se atreve a tomar problemas ajenos como si fueran propios.
Los demás solo administran la decadencia con reuniones y café recalentado.
Y sí… hacerse cargo cansa.
Consume energía.
A veces ni siquiera te agradecen.
Pero también abre puertas que jamás se abrirían para quienes solo esperan instrucciones.
Porque al final…
la innovación no necesita gente perfecta.
Necesita gente que deje de preguntar tanto:
“¿quién se va a hacer cargo?”
Y empiece a decir aunque sea con miedo:
“ya… yo veo qué hago”. 🔥
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