Han visto que siempre cuando alguien compra una planta en la oficina… al principio todos la riegan.
Le hablan bonito, la cuidan, le sacan hojas secas.
Dos semanas después la pobre cuestión parece testigo de guerra balcánica.
Y aparece el de siempre:
“ya, déjenme a mí nomás”.
Error clásico.
Porque una cosa es cuidar la planta… y otra muy distinta es transformarse en jardinero esclavo de gente inútil.
Con la gobernanza pasa exactamente lo mismo.
Hay personas que creen que gobernanza significa controlar todo, aprobar todo, revisar todo, perseguir todo y prácticamente transformarse en niñera profesional de adultos con sueldo.
Y ahí comienza el desastre elegante.
Porque la gobernanza sana crea claridad.
La tóxica crea dependencia.
Una organiza responsabilidades.
La otra acumula estrés como basurero emocional corporativo.
El problema es que muchos confunden liderazgo con cargar el piano entero solos.
Creen que “hacerse cargo” significa convertirse en cuello de botella humano.
Entonces empiezan los:
“mándamelo a mí”
“yo lo reviso”
“yo autorizo”
“yo veo”
“yo decido”
Y sin darse cuenta terminan construyendo un sistema donde nadie piensa, nadie aprende y nadie se mueve si el semidiós cansado no da permiso.
Eso no es gobernanza.
Eso es control disfrazado de responsabilidad.
Y peor aún… mata la innovación lentamente.
Porque cuando cada decisión necesita pasar por veinte rituales burocráticos y tres bendiciones ancestrales del comité supremo… la gente deja de proponer ideas.
Se cansan.
Se apagan.
Aprenden que innovar significa llenar planillas y sobrevivir reuniones eternas donde nadie decide nada.
La gobernanza de verdad no existe para absorber trabajo ajeno.
Existe para que las personas sepan:
qué pueden hacer,
qué no deben romper,
y hasta dónde pueden avanzar sin pedir permiso como cabro chico en paseo escolar.
Un buen sistema no depende de héroes agotados.
Depende de reglas claras y confianza suficiente para que otros también crezcan.
Porque si todo depende de ti… no construiste gobernanza.
Construiste una bomba de tiempo con tu nombre pegado arriba. ☠️
Y la vida tiene una ironía deliciosa:
la gente que más controla suele terminar siendo la más sobrepasada… mientras el equipo aprende perfectamente a no responsabilizarse de nada.
Así que ojo con esa trampa elegante del ego cansado.
A veces liderar no es decir:
“yo me hago cargo de todo”.
A veces el verdadero liderazgo es tener la humildad de decir:
“esto también lo pueden resolver otros”. 🔥
Comentarios
Publicar un comentario