Han visto que siempre cuando uno limpia el escritorio encuentra un cable que no sabe si sirve o no… pero lo guarda igual “por si acaso”. Y pasan años. Y el cable sigue ahí, acumulando polvo, culpas y excusas.
Así mismo son los procesos antiguos.
Mira, te lo digo sin adornos: eliminar por eliminar es cosa de impacientes. Pero mantener lo viejo solo por costumbre… eso ya es flojera disfrazada de prudencia.
Un proceso antiguo no es basura automáticamente. Es experiencia condensada, errores pagados caro y soluciones que en su momento funcionaron. Botarlo sin entenderlo es como quemar un cuaderno lleno de aprendizajes porque la portada está fea.
Pero tampoco hay que romantizarlo.
La pregunta no es “¿lo elimino o lo actualizo?”… la pregunta real es:
👉 ¿este proceso todavía sirve para el problema actual?
Porque si el contexto cambió, el proceso puede quedar obsoleto aunque alguna vez haya sido brillante.
Ahí entra la sabiduría —esa que uno aprende a golpes—:
- Si el proceso tiene base sólida → reformúlalo
- Si está parchado por todos lados → reconstrúyelo
- Si ya no responde al objetivo → elimínalo sin culpa
Lo importante no es el proceso… es el propósito.
Te lo digo medio enojado porque lo he visto mil veces: gente defendiendo procesos muertos como si fueran tradiciones familiares. Y no poh… los procesos no son sagrados, son herramientas. Y las herramientas se cambian cuando dejan de servir.
Pero ojo con esto, que es lo más importante:
Antes de cambiar cualquier cosa, entiende por qué existe.
Porque si no entiendes el origen, vas a repetir el mismo error con otro nombre más bonito.
Y ahí quedai, con un “proceso nuevo” que en seis meses será otro cable guardado “por si acaso”.
Al final, la gracia no es eliminar ni actualizar…
es tener el criterio para saber cuándo hacer cada cosa.
Y ese criterio —lamentablemente— no se compra, se construye.
A punta de equivocarse… y de aprender a mirar más allá del polvo.
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