Han visto que siempre cuando alguien se compra una camioneta grande empieza a estacionarse como si hubiese conquistado Roma… ocupa dos espacios, mira en menos al del citycar y hasta se baja más lento el desgraciado, como si el vehículo viniera con doctorado incluido.
Bueno… con los cargos pasa exactamente lo mismo.
Hay gente que se sienta en una oficina nueva y automáticamente cree que subió de especie. Cambia el tono de voz, empieza a hablar en “nosotros como compañía” y mira a los demás como si hubiese bajado del Olimpo corporativo con un Excel bajo el brazo.
Pero la verdad, cabros… el cargo no hace sabio a nadie.
Un puesto te puede dar autoridad.
Te puede dar poder.
Te puede dar una tarjeta con letras doradas y reuniones que pudieron ser un correo.
Pero jamás te dará humildad, criterio ni respeto verdadero.
Eso se construye escuchando.
Equivocándose.
Tratando bien incluso cuando nadie te puede ofrecer nada.
Porque el soberbio cree que lidera por miedo.
El sabio entiende que liderar es servir.
Y aquí viene la parte incómoda: he conocido gerentes que parecen niños con corbata y maestros de bodega que podrían enseñarle humanidad a medio directorio.
La experiencia enseña algo cruel pero útil: mientras más sabe alguien, menos necesidad tiene de demostrarlo.
El árbol con más frutos es el que más se inclina.
El vacío… bueno, ese mete más ruido que impresora mala un lunes a las 8 AM.
Así que si algún día te toca un cargo importante, úsalo para abrir puertas, no para mirar desde arriba. Porque la soberbia tiene una curiosa costumbre: te hace sentir gigante justo antes de dejarte solo.
Y nadie recuerda al jefe que gritaba más fuerte.
Pero sí al que enseñó sin humillar.
✦ Porque al final… el respeto no lo impone el puesto.
Lo gana la persona. ✦
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