Han visto que siempre cuando uno está esperando que hierva el agua, se queda mirándola como si con pura mirada fuera a apurarse… y la cuestión parece demorarse el doble. Curioso, ¿no? Uno creyendo que el control viene de la espera.
Mira, te lo digo sin rodeos, porque la vida ya me quitó las ganas de endulzar todo: contar hasta 10 no siempre sirve. A veces es puro maquillaje para no enfrentar lo que realmente te está pasando por dentro.
Nos enseñaron que la paciencia es quedarse quieto, aguantar, tragarse la rabia como si fuera una virtud. Pero hay momentos —y son más de los que te gustaría admitir— en que lo correcto no es calmarse… es moverse.
Porque no toda ira es mala. Hay una que te despierta. Que te dice: “oye, esto no está bien”. Y si la tapas contando números como cabro chico en penitencia, te pierdes el mensaje.
La paciencia no es callarse.
La paciencia verdadera es elegir cuándo actuar… y cuándo no perder más tiempo.
Y ahí está el truco, que nadie te dice:
a veces, el error no es reaccionar rápido…
es demorarte demasiado.
He visto gente perder años esperando el momento perfecto. Spoiler: no llega. La vida no es micro con horario, pasa cuando pasa, y si no te subes, te quedas mirando cómo se va.
Así que no, no siempre cuentes hasta 10.
A veces cuenta hasta uno… y muévete.
Aunque te equivoques.
Aunque te dé miedo.
Aunque no estés listo.
Porque entre el que duda eternamente y el que se atreve, el segundo por lo menos tiene historia que contar.
Y créeme… peor que equivocarse, es quedarse inmóvil creyendo que eso es sabiduría. Eso no es paciencia.
Es miedo con buena prensa.
Comentarios
Publicar un comentario