Han visto que siempre cuando uno va a calentar el pan, mete “solo un ratito” al microondas… y salen dos opciones nomás: o queda helado como abrazo de oficina, o sale convertido en una piedra que podría usarse para cerrar una tumba. Nunca el punto justo. Qué cosa más humana esa de pasarse o quedarse corto. Con las pegas pasa igual. Te piden algo simple. Una idea clara. Una solución que camine. Pero uno, que a veces confunde valor con fuegos artificiales, se embala. Le pone tres capas, cinco adornos, siete explicaciones, un par de “por si acaso”, y termina entregando una catedral donde solo hacía falta una puerta que abriera bien. Y no, no siempre es por ego, aunque a veces también, para qué andamos con cuentos. Muchas veces es porque queremos hacerlo tan bien, tan completo, tan impecable, que se nos olvida algo básico: lo útil no siempre necesita ser gigante . Hay una sabiduría callada en lo simple. Una elegancia que no mete ruido. Una humildad en entregar justo lo necesario y no ...