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El Proyecto del Desastre y el Jefe que Nunca Fue

Déjame contarte sobre esa vez que el jefe de proyecto, a quien llamaremos "El Escurridizo", decidió jugar a ser Houdini y desaparecer justo cuando más se le necesitaba. Este tipo tenía una habilidad innata para esquivar responsabilidades que podría haberle garantizado una medalla olímpica si esa fuera una disciplina deportiva.

Imagínate que estás en un barco a la deriva, sin capitán, en medio de una tormenta de errores monumentales, y el único mensaje que recibes del puente de mando es: "No es mi culpa, es de la tripulación." Así se sentía trabajar bajo el mando del Escurridizo.

Este personaje tenía una estrategia infalible: nunca supervisar a su equipo y luego, cuando el Titanic chocaba contra el iceberg, señalar con el dedo a todos menos a sí mismo. Es como si creyera que la mejor defensa era una buena ofuscación. Ah, pero no te confundas, en su mente, él era el capitán perfecto, el que nunca comete errores, el que siempre tiene razón. "Si algo salió mal, fue claramente por incompetencia de los demás," decía mientras ajustaba su corbata como si eso arreglara los problemas.

Un día, durante una presentación crucial para un cliente importante, el sistema colapsó estrepitosamente. El Escurridizo, con la serenidad de un monje zen (pero sin la sabiduría), se levantó y dijo: "Esto es totalmente inaceptable. ¿Cómo pudieron dejar que esto sucediera?" Claro, porque él estaba demasiado ocupado... no haciendo nada para prevenirlo.

Recuerdo a uno de mis colegas, Takashi, un tipo que siempre veía el lado positivo de las cosas, decir: "Un líder que no lidera es como una espada sin filo; está ahí, pero es completamente inútil." Y vaya que tenía razón. El Escurridizo era esa espada sin filo que adornaba la oficina sin cortar nada, excepto nuestras esperanzas de tener un proyecto exitoso.

Al final, la empresa decidió que era momento de una reestructuración. El Escurridizo fue "invitado" a buscar oportunidades en otros mares, donde tal vez su técnica de desaparición fuera más apreciada. Y el equipo, por fin libre de esa nube de excusas, empezó a funcionar como un reloj suizo.

Dato curioso: ¿Sabías que en la antigua Roma, cuando un arquitecto terminaba un puente, tenía que pararse debajo mientras se retiraban los andamios? Así, si el puente fallaba, el arquitecto pagaba el precio. Tal vez deberíamos traer de vuelta esa tradición para ciertos jefes de proyecto.

Como dijo una vez Gandalf: "Elige siempre a un jefe que no busque serlo, pero que esté dispuesto a liderar en tiempos oscuros." Y que la fuerza te acompañe, especialmente cuando el jefe decide esfumarse.

Hasta la próxima, amigo mío. Que la ironía siempre te saque una sonrisa.

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