¿Han visto que siempre cuando uno prende la radio en la mañana suena justo esa canción vieja que no querías escuchar pero igual tarareas? Así es la desconfianza hoy en día: suena en todas partes, te guste o no.
Creer hoy parece un acto ingenuo, casi infantil. En un mundo donde todo se cuestiona, donde las noticias traen más dudas que certezas y donde muchos se sienten orgullosos de su escepticismo, nosotros —los que aún creemos— parecemos de otra época.
Pero creer no es cerrar los ojos, es abrirlos bien grandes y aún así elegir la esperanza. Es mirar el caos y decir: “sí, esto es un desastre, pero lo podemos mejorar”. Es apostar por una idea cuando nadie más lo hace, es confiar en alguien cuando todos lo descartan, es sostener un proyecto que parece ir contra el viento.
Creer es el motor del que crea. Porque antes de crecer, hay que creer. Y si no lo hacés vos, ¿quién?
En esta red, entre algoritmos y métricas, hay algo más profundo moviéndose: la fe en que compartir conocimiento puede hacer la diferencia. Que un buen liderazgo importa. Que la tecnología puede ser ética. Que los RRHH no son solo planillas, sino personas. Y que la innovación no es solo una moda, sino un camino.
Así que sí, algunos seguimos creyendo. Y no porque seamos ilusos, sino porque ya vimos lo que pasa cuando no se cree en nada.
Y no queremos volver ahí.
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