Me estaba tomando una cerveza bien fría mientras veía cómo mi gato intentaba cazar una sombra (sin éxito, por supuesto), cuando pensé: “Se han fijado que de adultos nos entrenan para dejar de ser curiosos”. Y ahí, como quien se da cuenta que dejó el gas prendido, me golpeó una verdad incómoda.
Les cuento: cuando era chico, preguntaba todo. Por qué el cielo es azul, por qué los perros no hablan, por qué mi tío se ponía feliz con cerveza pero triste al día siguiente. Pero uno crece y ¡zas! Te empiezan a dar esa mirada asesina cada vez que preguntas algo “fuera de lugar”. Esa mirada que dice: “No estamos aquí para pensar, compadre, estamos aquí para obedecer.” 😑
En la pega, ni hablar. Preguntar por qué se hacen las cosas de cierto modo es como invocar al demonio de la burocracia. “Así se ha hecho siempre” es el mantram nacional. Como si eso fuera un argumento válido y no una alarma de incendio sonando en la cocina del pensamiento.
Se han fijado que de niños la curiosidad es aplaudida, pero de adultos se vuelve sospechosa. Es como si preguntar “¿y si lo hacemos distinto?” fuera un acto de terrorismo corporativo. 🤯
Pero ojo, no es que la curiosidad se muera. No. Se esconde. Se disfraza de sarcasmo, de memes, de preguntas en voz baja. Pero sigue ahí, dando pataditas bajo la mesa, esperando que uno se atreva a decir: “Oye, y si no fuera así, ¿qué pasaría?”
Bueno, eso sería todo… los dejo porque me picó la curiosidad de saber si los gatos sueñan con nosotros o con ratones con capa. 🐭💤
Hasta la próxima, no dejen que les apaguen la chispa. 🔥🧠
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