Han visto que siempre cuando uno se pone a hacer aseo profundo en la casa, terminai encontrando cosas que ni sabíai que teníai… fotos viejas, una carta que nunca enviaste, o esa caja de remedios vencidos que jurabai que ibai a usar algún día.
Así mismo pasa con la vida. A veces, uno ve una señal, una lucecita, algo que parece esperanza… y se lanza de cabeza creyendo que ya cambió el clima completo. Pero una chispa no es incendio, ni una sonrisa cura una tristeza antigua.
Y en ese apuro por sanar, por arreglar todo de una, a veces uno aplica soluciones que suenan bonitas, que vienen en frasco brillante y promesas dulces… pero cuando uno despierta, se da cuenta que no solo no sanó, sino que quedó con un efecto secundario más jodido que el dolor original.
No todo lo que brilla es alivio. Y no porque algo parezca solución, lo es. La sabiduría está en observar el cielo entero, no solo la primera golondrina que aparece. Y cuando hay que curar, hágalo con calma, con ojos abiertos y corazón desconfiado… que no hay peor traición que la que viene disfrazada de medicina.
Pero también, no se me ponga pesimista. Que si una golondrina no basta, varias sí hacen verano. Y si un remedio salió malo, no significa que todos lo serán. Se aprende, se ajusta, se prueba de nuevo. Así avanza uno, a veces cojeando, pero siempre adelante.
Porque incluso las malas curas enseñan.
Y usted, ¿qué ha aprendido de sus "remedios"? 💬🪴
el que entendió, entendió.
Y el que no, que siga buscando golondrinas en pleno invierno o tomando jarabes para el alma que le recetó un influencer.
Comentarios
Publicar un comentario