Han visto que siempre cuando uno quiere dormir temprano, se le ocurre que quizás debería aprender a hacer pan casero, reorganizar la bodega o mandarle un mensaje a alguien con quien no habla hace 7 años…
Bueno, no es que estés loco, es que estás humano.
Resulta que hay un fenómeno que nos tiene a todos con la cabeza dando vueltas a medianoche, y se llama efecto Zeigarnik. Lo descubrió una psicóloga rusa que notó que los meseros recordaban mejor las órdenes incompletas que las que ya habían entregado.
Así también nos pasa a nosotros:
🧩 Las tareas inconclusas se quedan dando vueltas en la mente como una canción pegajosa.
🧠 Tu cerebro las marca como “urgentes” solo por el hecho de estar a medio hacer.
💥 Y aunque uno crea que puede ignorarlas… la verdad es que el cerebro insiste, interrumpe, pincha.
¿Y por qué importa esto?
Porque muchos vivimos con listas mentales abiertas, colgadas como ropa mojada que no se termina de secar:
— el proyecto que nunca lanzaste
— la conversación pendiente
— el libro a medio leer
— los “empezar el lunes” que nunca llegan
🔑 La solución no es cerrarlo todo, ni volverse hiperproductivo. Es reconocer que no todo hay que terminarlo, pero sí hay que darle una especie de cierre mental.
A veces basta con escribirlo en un papel, o decidir honestamente que “esto no lo voy a seguir”.
Cerrar también es un acto creativo. Es liberar espacio. Es respetarte.
Como viejo medio uraño que ha dejado más cosas botadas de las que ha terminado, te digo:
✨ no se trata de hacer todo, sino de no dejar que lo pendiente te consuma la paz.
Reflexiona, cabro. Que cerrar también es avanzar.
— El viejo que a veces duerme mejor cuando escribe antes de acostarse.
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