¿Han visto que siempre cuando uno arregla una cosa en la casa, se rompe otra que no tenía nada que ver? Bueno, así es crecer: cada paso adelante destapa algo que no sabías que estaba roto.
Crecer no es solo mejorar. Es incomodarse. Es mirarte al espejo y decir “ya no me sirve esta versión mía” y tener el coraje de mudarte de piel. Y eso, créanme, jode. Porque a veces uno se encariña con la mediocridad cómoda, con la rutina conocida, con la excusa de siempre.
Pero si no creces, te quedas chico. En tus ideas, en tus relaciones, en tus capacidades. Y el problema con quedarse chico es que el mundo no para. Te pasa por encima.
En el trabajo, crecer es aceptar que no sabes todo. Que hay otros más jóvenes que vienen con hambre y otros más viejos que tienen cicatrices que enseñan. En los proyectos, crecer es reconocer que la primera idea rara vez es la mejor. En la vida, crecer es soltar, pedir ayuda, cagarla y seguir.
Por eso cuando veo aquí a gente que comparte aprendizajes, que celebra los pequeños logros, que reconoce sus errores y que agradece a quienes les enseñaron… me emociona. Porque crecer en comunidad no solo es más rápido, es más humano.
Crecer es rebelarse contra la inercia. Y eso, en estos tiempos, es un acto valiente.
Así que sí, duele. Pero qué lindo es doler por algo que te transforma.
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