Han visto que siempre cuando uno va al supermercado y hay una fila larguísima, justo alguien delante tuyo saca una moneda y se pone a contar céntimo por céntimo… como si no supiera que todos queremos irnos luego. Y uno se impacienta, claro, pero… ¿y si esa persona está haciendo lo mejor que puede con lo poco que tiene?
Me llamaron para una asesoría. La persona que me contactó era un sol, recién salida de la universidad, con esa mezcla entre nervios, entusiasmo y esa sinceridad que ya casi nadie tiene. Me pidió ayuda con algo que, para uno que lleva más años que un VHS en la repisa, era casi trivial. Casi.
Porque al explicárselo me di cuenta de algo: eso que para mí era "obvio", en algún momento tampoco lo fue. Al revés, me costó. Me enredé. La embarré. Y alguien, con más paciencia que ego, me lo explicó. Y ahí uno se da cuenta que el conocimiento, si no se comparte, es puro polvo acumulado en una estantería mental.
A veces olvidamos que no nacimos sabiendo. Que todos fuimos “esa persona nueva” alguna vez. Que no hay gloria en mirar en menos a quien está comenzando. Hay sabiduría en tender la mano. Porque enseñar no es repetir lo que sabes; es tener la humildad de recordar cuando no sabías nada.
Así que sí, me demoré más de lo presupuestado. Pero salí de esa reunión con una sonrisa vieja, de esas que vienen cuando uno sabe que ayudó a abrir una puerta. No a empujarla. A mostrar dónde estaba la manilla.
👣 Que nunca se te olvide el camino que recorriste.
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