Han visto que siempre cuando uno va al consultorio, hay una señora que llega antes que todos, con su carpeta en la mano, y que se sabe los nombres de todos los funcionarios. Uno diría que trabaja ahí, pero no, es solo una vecina que aprendió a moverse en ese pequeño laberinto del Estado. Y mientras algunos reniegan de “lo público”, ella demuestra que todavía hay gente que cree en eso: en la comunidad, en el otro, en lo que no se compra ni se vende.
A veces se nos olvida que el trabajo público no es solo una pega más. No es solo llenar formularios ni cumplir metas. Es sostener el hilo invisible que mantiene viva una sociedad. Es el valor de levantarse todos los días a hacer funcionar algo que, si uno lo piensa, no pertenece a nadie y a todos al mismo tiempo.
El valor público no está en los informes ni en las estadísticas (que a veces son tan frías como un café olvidado). Está en la confianza que se construye cuando un funcionario escucha de verdad, cuando un trámite se resuelve sin pedir favores, cuando alguien siente que el Estado —ese ente gigante y torpe— le extendió la mano en lugar de ponerle una traba más.
Porque lo público, queridos míos, es ese territorio donde el interés personal se calla un rato para dejar hablar al bien común. Y eso, en tiempos donde todo parece medirse en likes o lucas, es casi un acto revolucionario.
Así que la próxima vez que alguien diga “el Estado no sirve”, pregúntenle si alguna vez estudió en un colegio público, se vacunó gratis o cruzó un puente que no tuvo que pagar. Capaz ahí se acuerde que lo público no es un gasto, es una apuesta por seguir creyendo en nosotros.
Y sí, puede que sea lento, que tenga burocracia, y que a veces te manden de ventanilla en ventanilla. Pero díganme, ¿qué cosa realmente valiosa en la vida no requiere un poco de paciencia?
—Un viejo que aún cree que lo común es lo que nos salva. 🕯️
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