¿Han visto que siempre cuando se habla de “agilidad”, terminan llenando la oficina de post-its de colores, reuniones diarias y palabritas en inglés? Y uno se pregunta: ¿en qué momento algo que debía hacernos más rápidos se volvió otra traba más?
La agilidad real no está en los métodos, sino en la actitud. Es la capacidad de escuchar, ajustar y avanzar sin miedo. No se trata de moverse por moverse, sino de moverse con sentido. De entender que el cambio no se planifica tanto como se practica.
He visto equipos que logran grandes cosas simplemente porque se atreven a probar, a equivocarse rápido y corregir sin culpas. Y también he visto otros que se quedan paralizados esperando la aprobación de veinte firmas antes de mover un dedo.
La agilidad es, en esencia, sencillez en movimiento. Es mirar el problema con humildad y decir: “ok, partamos por lo que sí podemos hacer hoy”. Porque las soluciones no nacen de la perfección, sino de la acción.
Cuando el trabajo público (o cualquier otro) adopta esa mentalidad, deja de ser un laberinto y se convierte en un camino. Un paso a la vez, con propósito, sin adornos.
Porque ser ágil no es correr; es no quedarse pegado en lo que no importa.
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