¿Han visto que siempre cuando alguien quiere parecer más sabio, habla con palabras que ni él entiende? Pasa lo mismo con las soluciones: mientras más enredadas, más “brillantes” parecen… hasta que nadie puede aplicarlas.
Nos han hecho creer que la complejidad es sinónimo de inteligencia, cuando en realidad muchas veces es solo falta de claridad. Lo difícil puede impresionar, sí, pero lo simple transforma. Lo complejo te hace depender de expertos; lo simple empodera a todos.
He visto proyectos públicos y privados que se hunden en su propia burocracia, con manuales, plataformas y protocolos imposibles de seguir. Y he visto también a una persona resolver lo mismo con una hoja, un lápiz y ganas de entender. ¿Cuál de los dos fue más inteligente?
La verdadera inteligencia está en hacer fácil lo difícil, en explicar sin humillar, en diseñar algo que funcione sin que haya que leer un manual de 200 páginas.
Porque al final, la complejidad sin propósito es puro ego envuelto en tecnicismo.
La simplicidad, en cambio, es sabiduría puesta al servicio de los demás.
Y ahí está la ironía: lo realmente inteligente suele parecer demasiado simple para los que necesitan complicarlo todo.
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