Estaba divagando mientras miraba fijamente una caja de tornillos que no necesitaba, cuando se me vino a la cabeza esa frase que tiré al pasar: “La curiosidad es gratis, y viene sin efectos secundarios.” Y me reí solo, como loco, porque aunque es verdad... también es incómodamente verdad.
Les cuento una cosa: una vez pregunté en una reunión por qué hacíamos cierta tarea de una forma tan enredada, y la sala se puso más silenciosa que cumpleaños sin invitados. Me miraron como si hubiese cuestionado la existencia del pan con palta. 😐🍞🥑
Se han fijado que la curiosidad incomoda más que la ignorancia. Porque preguntar pone en evidencia algo que muchos no quieren admitir: que quizás no tienen idea de lo que están haciendo. Y ahí es donde la curiosidad se convierte en un arma de doble filo... pero con filo de verdad, no de esos cuchillos de juguete para asado.
Pero oye, no hay que confundirla con meterse donde no lo llaman. La curiosidad sana es la que busca entender, no la que busca el chisme (aunque a veces se parecen tanto 😅). Es esa chispa que uno tenía de niño cuando abría la radio del living para ver “cómo hablaba”. Spoiler: no hablaba más después de eso.
Lo lindo de la curiosidad es que no caduca, no engorda, y no necesita permiso. Solo ganas. Y si bien a veces molesta a los que prefieren no mover el bote, también abre puertas, ventanas y hasta portones eléctricos.
Bueno, eso sería todo por hoy… los dejo que estoy investigando por qué los gatos siempre saben cuándo uno está ocupado y deciden caminar por el teclado. 🐈⌨️
Hasta la próxima, sigan preguntando aunque los miren feo. 🤓🌟
Comentarios
Publicar un comentario