Me estaba comiendo una marraqueta con queso derretido—de esas que crujen más que reunión con jefe nuevo—cuando pensé: “Lo lindo de la curiosidad es que no caduca, no engorda, y no necesita permiso.” Y lo dije en voz alta, como quien revela una verdad universal entre mordiscos y migas.
Estaba pensando… ¿cuántas cosas en la vida tienen esa gracia? Porque casi todo lo bueno tiene letra chica: el vino tinto te mancha los dientes, el azúcar te sube la glucosa, y el descanso te da culpa. Pero la curiosidad, no. Esa se puede practicar a las 3 de la mañana googleando por qué los flamencos son rosados, y nadie te juzga. Bueno, tal vez tu pareja. Pero eso es otra historia. 😅
Se han fijado que de adultos nos entrenan para dejar de ser curiosos. En la pega te dicen “no cuestiones tanto”, en la fila del banco “no pregunte tanto”, y en la casa “¡deja de desarmar cosas, por favor!”. Y así, de a poquito, nos vamos convirtiendo en robots que sólo responden correos y pagan cuentas. Triste pero cierto. 🤖📩
Pero la curiosidad es rebelde, porfiada, insaciable. Es como ese amigo que siempre quiere saber “y si lo hago así, ¿qué pasa?”. Y gracias a esa porfía hemos llegado a descubrir desde el fuego hasta el reggaetón, con sus luces y sombras.
Yo digo: cuidémosla. Que no engorda, no hace ruido y no molesta… a menos que estés rodeado de gente que prefiere no pensar. Pero bueno, peor para ellos.
Ya bueno los dejo que me dio curiosidad saber cuántos tipos de queso existen en el mundo. Spoiler: más de los que puedo pronunciar. 🧀🌍
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