Estaba arreglando una lámpara con un alicate, una cuchara y fe ciega —como buen ingeniero improvisado— cuando me salió del alma ese suspiro existencial: “¿Y si lo hacemos distinto?” Y no lo dije con intención revolucionaria, lo juro. Fue más como un llamado de socorro entre chispazos y cablecitos sueltos. 💥😅
Pero se han fijado que esa frase, tan inocente en apariencia, tiene el poder de hacer que más de alguien se santigüe, otros se rían con nervio, y algunos te miren como si hubieses sugerido trabajar en fin de semana voluntariamente. 😨
“¿Y si lo hacemos distinto?” pone nerviosa a la gente porque implica cambio. Y el cambio, chiquillos, es como ir a cortarse el pelo con un peluquero nuevo: uno quiere, pero no confía. Porque a veces sale bien, y otras veces… bueno, digamos que el gorro se vuelve tu mejor amigo por un par de semanas. 🧢✂️
Lo más curioso es que toda innovación nació con esa pregunta. El fuego, la rueda, el café con leche condensada… todo comenzó con alguien que no se conformó. Pero también, a decir verdad, nacieron cosas como el sushi con piña o el reggaetón con acordeón, así que hay que tener criterio también. 🙃
Les dejo la inquietud: ¿y si usted lo hace distinto hoy? Algo chico, no se me lancen a cambiar el sistema de pensiones. Pero no sé… tal vez caminar por otra calle, saludar a alguien que nunca pesca, o pedir la empanada que nunca se atreven. Al menos el día se vuelve menos predecible.
Bueno, los dejo que me dieron ganas de reorganizar los muebles de mi living solo para ver qué pasa (spoiler: probablemente me golpee el dedo chico).
Hasta pronto, no teman agitar un poco el agua estancada. 🚿🌪️
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