Buen día, buen viernes. Han visto que siempre cuando uno dice “hoy sí que me acuesto temprano” , el universo lo toma como un desafío personal. Y más si es viernes. Ese día maldito y bendito donde la cordura se toma vacaciones y la dignidad empieza a vibrar bajito en modo avión. Porque el viernes, mis queridos ingenuos de la agenda organizada, es como ese amigo irresponsable que llega en moto a buscarte: uno sabe que no debería subirse, pero igual se pone el casco y dice "ya, pero solo una vuelta". Spoiler: vuelves el domingo. Sin casco. Y con glitter en la ceja. El viernes tiene hambre de caos. Uno empieza con una piscola tímida, conversando de la pega, bien civilizados, como si la noche tuviera límites. Y de repente estás en una fonda improvisada cantando rancheras con un grupo de contadores que no sabías que eran tan buenos para el karaoke. Y ahí es cuando pasa lo más grave: Aparece el filósofo interno. Ese que con tres copetes se cree Sócrates y dice cosas como “la...