Han visto que siempre cuando uno entra a una ferretería a comprar un tornillo, aparece alguien golpeando una llave inglesa contra la mesa como si estuviera dirigiendo una orquesta. Hace ruido, se hace notar, y uno piensa que debe ser el maestro del lugar. Después aparece el viejo medio cascarrabias del rincón, el que apenas habla, te mira de reojo y con tres palabras te dice exactamente cuál es el tornillo que necesitas. Cosas de la vida.
Y es que una cosa es mostrarse y otra muy distinta es andar desesperado por ser visto a cualquier precio.
Porque la presencia no se compra con gritos ni con exhibiciones permanentes. La presencia se construye con coherencia, con trabajo y con algo que los años me enseñaron a porrazos: quien vale, no necesita andar tocando la campana cada cinco minutos para recordar que existe.
Hay gente que confunde visibilidad con valor. Como si el aplauso fuera alimento. Y claro, los aplausos son ricos, pero duran menos que la batería del celular cuando uno más la necesita. El respeto, en cambio, se cocina lento.
Y ojo, mostrarse no está mal. Hay que abrir puertas, compartir lo que uno sabe y dejar que otros conozcan el trabajo que hacemos. El problema aparece cuando el precio de ser visto es perder la dignidad, la autenticidad o convertirse en un vendedor desesperado de uno mismo.
Los años me volvieron medio gruñón y con humor más negro que café olvidado en la oficina, pero también me enseñaron algo esperanzador: las personas correctas terminan encontrando a quienes aportan valor de verdad. No hace falta subastarse por atención.
Porque al final, el sol nunca anda gritando que salió. Simplemente aparece... y hasta los más distraídos terminan notándolo.
✦ Muéstrate con orgullo, pero nunca con desesperación. El valor real no necesita rebajarse para ser reconocido. ✦ 🌱
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