¿Han visto que siempre cuando alguien dice que está “innovando”, lo que en realidad está haciendo es complicarle la vida al resto con una aplicación nueva, una plataforma que no funciona o un sistema que pide tres contraseñas distintas? Sí, esa misma idea. Todos hablan de innovación, pocos entienden que no se trata de hacer cosas distintas… sino de hacer que las cosas valgan la pena.
Porque al final, la verdadera innovación no está en la tecnología, sino en la intención. No se trata de ponerle un nombre rimbombante a algo viejo, sino de entregar valor real. De mejorarle el día a alguien, de resolver un problema de verdad, no de inflar el ego ni el presupuesto.
He visto empresas invertir fortunas en “ser innovadoras” mientras olvidan lo esencial: las personas. Innovar no es correr más rápido, es pensar mejor. Es mirar al otro y decir “¿cómo te hago la vida más fácil?”.
Y claro, eso no suena tan glamoroso como hablar de IA, disrupción o blockchain… pero ese gesto simple, esa entrega de valor genuina, es lo que mueve el mundo.
La innovación que no entrega valor, es solo ruido con presupuesto.
La que transforma, en cambio, deja huella —aunque nadie la aplauda.
Y ahí está el secreto: innovar no para ser vistos, sino para servir.
Comentarios
Publicar un comentario