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📵 He dejado de usar el celular

Han visto que siempre cuando uno va a un asado dice “hoy sí que voy a conversar tranquilo”… y termina mirando cómo ocho personas conversan entre ellas, pero con la cabeza inclinada mirando una pantalla.

Hace unos meses fui a un asado con excompañeros y me di cuenta de algo que me dejó pensando.

Éramos dos o tres los que no teníamos el celular en la mano.

El resto estaba ahí... pero no estaba.

Uno conversaba y, a los pocos segundos, miraba el teléfono.

Otro escuchaba mientras hacía scroll.

Había quienes directamente estaban solos en una esquina, completamente metidos en su pantalla.

Y pensé: ¿en qué momento aceptamos que estar juntos significa estar cada uno en otro lugar?

Después empecé a verlo en todas partes.

Fui a un concierto y vi a cientos de personas grabando el espectáculo completo.

No sé para qué.

Quizás para demostrar después que estuvieron ahí.

Pero mientras intentaban guardar el concierto en el teléfono, se estaban perdiendo el concierto que estaba ocurriendo frente a sus ojos.

He estado en reuniones presenciales donde alguien habla y varios miran el celular.

También en reuniones por streaming donde, mientras alguien expone, otros contestan mensajes, revisan notificaciones o simplemente desaparecen detrás de una pantalla.

Y hace poco viajé al sur para ver a mi mamá.

En el tren miré alrededor.

Celular.

Celular.

Celular.

Celular.

Y mientras todos miraban pequeñas pantallas de seis pulgadas, afuera pasaban paisajes que no cabían ni en la mejor fotografía.

Montañas.

Bosques.

Ríos.

Campos.

Lugares que quizás algunos pasajeros nunca volverán a ver.

Y ahí entendí algo que me preocupa bastante.

El celular no nos está robando solamente tiempo. Nos está robando momentos.

Porque el tiempo perdido, bueno... ese ya no vuelve.

Pero un momento perdido tampoco.

La conversación que no escuchaste.

La mirada que no viste.

La historia que alguien no alcanzó a contarte.

El paisaje que pasó por la ventana.

La canción que escuchaste mirando una pantalla en vez de cerrar los ojos.

El abrazo que reemplazaste por un mensaje.

Y sí, ya sé lo que algunos estarán pensando: “Este viejo se está poniendo latero con el tema del celular”.

Puede ser.

Pero prefiero ser latero ahora que descubrir algún día que estuve demasiado ocupado mirando una pantalla para darme cuenta de que la vida estaba pasando justo delante mío.

Por eso he empezado a dejar el celular.

No completamente.

Tampoco soy un monje tibetano.

Lo uso cuando lo necesito.

Pero cuando estoy conversando con alguien, intento mirarlo a los ojos.

Cuando viajo, miro por la ventana.

Cuando estoy con amigos, trato de estar con mis amigos.

Y cuando ocurre algo realmente importante, prefiero vivirlo antes que grabarlo.

Porque hay algo que ningún teléfono puede guardar.

Tu presencia.

Y quizás ese sea el verdadero problema.

Estamos llenando nuestras galerías de fotografías de momentos que no vivimos completamente.

Tenemos miles de recuerdos guardados...

pero cada vez menos recuerdos de haber estado realmente ahí.

Y algún día, cuando miremos hacia atrás, quizás descubramos algo brutal:

**No nos faltaron momentos.

Nos faltó levantar la mirada para verlos.** 📵

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