... de .NET 8, de .NET 9, del refrigerador y de las fechas que uno lee cuando ya es tarde.
Anoche abrí el refri buscando algo para picar y encontré un yogur que vencía hoy. No ayer, no mañana: hoy. Me lo comí parado frente al refri abierto, con la solemnidad de quien cumple un deber cívico, porque dejarlo morir un día después me pareció de mal gusto.
En la mañana me acordé de que el 10 de noviembre vence .NET 8. Y también .NET 9, que como Microsoft le estiró el soporte a las versiones cortas, termina yéndose el mismo día que su hermano mayor. Una LTS con tres años de promesa y una STS que nació para durar poco, y al final se van juntas, como esos matrimonios de sesenta años que no se sobreviven ni una semana.
Lo curioso es que no es sorpresa. La fecha estaba impresa en la tapa desde el primer día, igual que en el yogur. Uno la ve lejos, la anota en algún cajón mental y ese cajón se abre solo cuando falta poco. Ahí aparece el apuro, la migración a .NET 10, el paquete que no calza, la dependencia que alguien agregó hace años y que nadie recuerda para qué servía.
No me quejo del ritmo. Hubo un tiempo en que un framework duraba una década y se defendía como herencia familiar, y no era mejor: era más lento, y esa lentitud la pagaba alguien después con un sistema que ya nadie sabía compilar. Que el software caduque tiene algo de honesto. Lo raro es que sigamos planificando como si las cosas no vencieran.
Aunque, pensándolo bien, lo que vence no es el código. El 11 de noviembre va a seguir corriendo feliz, igual que el yogur probablemente estaba bueno el viernes. Lo que vence es la promesa de que alguien va a responder si algo sale mal. Me quedé pensando en cuántas cosas de mi vida siguen funcionando perfecto sin que nadie haya prometido nunca responder por ellas.
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