Esta mañana el conserje me paró en el hall para preguntarme por qué el agua caliente del piso nueve salía tibia. Le dije que soy ingeniero, no gásfiter. Me miró con la decepción que uno reserva para quien no sabe cambiar un flexible. Subí en el ascensor pensando que él tampoco es gásfiter, pero sabe a quién llamar, cuándo cortar el agua y cómo avisarle al edificio antes del desastre. Eso, curiosamente, es lo que hace un ingeniero DevOps.
Porque al DevOps lo confunden con todo. Para unos es el analista que levanta requerimientos, para otros el arquitecto que dibuja cajitas con flechas, y para los más optimistas, el que programa lo que falta el viernes a las seis. Y no poh. Arquitecto viene del griego arkhitékton, jefe de constructores; analizar viene de analýein, desatar. El DevOps no desata ni dirige: une. Hasta la palabra es un pegamento, desarrollo y operaciones juntos a la fuerza, como Rancagua y Santiago en mi biografía.
Trabaja con el analista y con el arquitecto, no en su lugar. Toma lo que ellos pensaron y lo lleva a producción sin que nadie tenga que rezar. Automatiza el camino, cuida que lo que funcionó en un computador funcione en todos y avisa antes de que se inunde el edificio. No es más ni menos; es otra pega.
Hace veinte años esto se hacía copiando archivos a mano un domingo, con mucha fe. Los que dicen que eso era mejor claramente no estuvieron ahí a las tres de la mañana. Alguien se sacó la cresta para que hoy un pipeline despliegue mientras uno se toma una cerveza tranquilo en el living.
Probablemente en unos años esta pega tenga otro nombre y habrá que volver a explicar en el hall qué hacemos. El conserje, eso sí, seguirá sabiendo a quién llamar.
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