Margaret Hamilton murió el 30 de septiembre de 2026 en Cambridge, Massachusetts, y las redes se llenaron de la foto: ella joven, al lado de una torre de código tan alta como ella. Corazones, “leyenda”, “sin ella no llegábamos a la Luna”. Todo cierto.
Pero hay algo que incomoda. Muchos de los que hoy la lloran son los mismos que el lunes van a interrumpir a la compañera en la reunión, van a repetir su idea cinco minutos después como si fuera propia, o van a asumir que “la niña” de la oficina es la que toma el acta y no la que diseñó la solución.
Conviene recordar que Hamilton no fue respetada de entrada. Cuando describía su trabajo como “ingeniería de software”, eso les causaba gracia a los ingenieros de hardware del proyecto. Y su reconocimiento oficial llegó tarde: el gobierno de EE.UU. la premió 47 años después. O sea, en su época también hubo weones que la ningunearon. La diferencia es que hoy está en un póster.
Es fácil admirar a una mujer brillante cuando está lejos, en blanco y negro, en otro país y ya validada por la historia. Admirarla no cuesta nada. Lo difícil es reconocer a la que tienes al lado: la que encontró el bug que nadie vio, la que documentó lo que todos usan, la que sostuvo el proyecto mientras otros se llevaban el crédito en la reunión con la jefatura.
Y ahí está la trampa: la próxima Margaret Hamilton no va a ser reconocible por la foto. Va a ser alguien a quien hoy, probablemente, alguien está ninguneando en una oficina cualquiera. Tal vez en la nuestra.
Si de verdad te dolió su muerte, el homenaje no es compartir la foto. Es escuchar a tu compañera hasta el final, darle crédito con nombre y apellido, y no reírte cuando proponga algo que todavía no entiendes.
Porque honrar a las pioneras muertas mientras ignoras a las vivas no es admiración. Es pose.
Comentarios
Publicar un comentario