... de la Ley 21.719, de la marraqueta de los viernes y de lo que sabemos unos de otros
Bajo a comprar pan y la señora del almacén me saluda por mi nombre. Sabe que llevo cuatro marraquetas, que los viernes son seis y que si no hay, me resigno a la hallulla sin hacer escándalo. Nunca le he firmado un consentimiento informado y me parece perfecto que lo sepa.
Me quedé pensando en eso de vuelta, con el pan tibio en la bolsa. Ella sabe harto de mí, pero lo sabe para venderme pan, no se lo cuenta a nadie, y si mañana le digo que me pasé a la integral, borra lo anterior sin trámite. Finalidad, proporcionalidad, rectificación. La Ley 21.719, que entra en vigencia en diciembre, dice básicamente eso, pero con agencia fiscalizadora y multas en serio.
Dato viene del latín datum, lo dado. Algo que alguien entregó. En algún momento se nos olvidó esa parte y empezamos a tratar los datos como cosas encontradas en la calle, que son de quien las recoge. Desde el lado del Estado lo veo seguido: bases que nacieron para un trámite y terminaron sirviendo para otro, planillas que viajan por correo porque era más rápido, campos que nadie sabe para qué se piden pero se siguen pidiendo porque siempre se han pedido.
La ley anterior era de 1999 y hizo lo que pudo en un mundo donde el problema era un servidor bajo un escritorio. Alguien la peleó para que existiera, y no fue fácil. La nueva llega a un mundo donde los datos se copian solos, se cruzan solos y a veces deciden solos.
Sospecho que lo importante no está en el articulado, sino en la pregunta que deja instalada antes de cada formulario, cada integración, cada "mándame el Excel": ¿para qué lo necesito, y qué pasaría si no lo tuviera?
La señora del almacén se lo pregunta sin saberlo. A nosotros nos va a tocar aprender a hacerlo sabiendo.
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